Unas millas más. 

Pronto se dió cuenta que no le quedaban fuerzas para continuar. Sus manos estaban tan vacías como al principio, pero su espíritu, ese era inquebrantable. <Que son unas millas mas! Pensó, nada tengo que perder.

Los años habían robado su juventud, pero jamás doblegaron su ímpetu de conquista.

Así, con mirada cansada pero determinante, decidió que aún podía arrebatarle pasos al camino.  ®

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Preferí. 

Todo era confuso, apenas podía vislumbrar la estación. Una pálida luz parecía aclarar mi presagio en medio de la densa sombra y el abrupto desconcierto. Entonces, preferí no darme prisa, preferí no alcanzarte, preferí verte partir. ®

De vuelta.  

Y no hubo más testigos que la luna, por eso, con sigilo pero sin temor, decidí secuestrarla. Pronto pude notar el vacío y nostalgia que había dejado con su ausencia. 

Me costó conciliar un diálogo propicio para reconsiderar lo sucedido. Me costó aún más ceder en contra de mi voluntad al hecho de tener que devolverla. 

No puedo negar que al pensar en la profunda tristeza que había dejado en los que solían admirar su majestad en el oscuro cielo, me generaba una gran consternación. 

Luego de una extensa pero benéfica discusión entre lo que quiero y lo que debo, decidí traerla de vuelta.  ®

Un acto distintivo. 

¿Y si lo hubiese intentado? La pregunta auto formulada por aquel hombre parecían puñaladas atravesando su calma. Claro estaba en algo, lo vivido hasta ahora no coincidía con sus planes y sueños. Donde quedaban sus anhelos? Tenía que tomar una decisión, ver pasar los segundos carcomiendo cada palpitar del corazón, o hacer que valga la pena cada bocanada de aire al respirar… Esta vez tenía que arriesgarse. 

Sin pensarlo, se anticipó a la duda desafiando al miedo y a lo improbable. Y como si de un impulso fuera de este mundo se tratase, asumió el desafío y se adentró a lo profundo, impulsado por la primera ola que lo arrastrase al abrumador océano de posibilidades. 

Muy pronto entendió que arriesgarse es y siempre será un acto distintivo que solo asumen los valientes y ganadores, en donde el éxito no está garantizado, donde perder también es una probabilidad y el fracaso está a la vuelta de la esquina, donde la soledad te mira de cerca y muchos esperan tu caída. Pero más allá de todo lo circunstancial, entendió que solo tenía esta vida y no quería llegar al final del camino arrastrando el sin sabor de lo que pudo haber sido. 

Su actitud ya lo hacía un ganador, y lo único que tenía claro y seguro más allá de los resultados que pudiera obtener, era que nunca más se volvería a realizar la misma pregunta, “Y si lo hubiese intentado?”

Muy tarde.  

Pero la ausencia nos superó. Se enfriaron los besos y enmudecieron las ganas. El pálido reflejo se destiñó con los agudos suspiros del recuerdo. 

De a poco, los pétalos marchitos de la flor fueron muriendo y con ellas las ganas. Tarde, muy tarde nos dimos cuenta que el olvido no perdona, y desfallecimos.