Un amor de rutina. 

La ilusión que se fué y que un día compartimos, la nostalgia de las horas invertidas, la pasión que se extinguió como fuego. 

Un amor de rutina y promesas que no serán, de besos sin sabor y caricias efímeras, es lo que nos queda al final.  
La monotonía, esa que de a poco consume, y reduce a cenizas cualquier indicio de amor, la misma que asfixia, ahoga y devora los valientes, pero frustrados intentos por resucitar los restos de un ya caducado amor, es lo único en común que nos queda.  

Recordar es vivir. 

Pero los recuerdos nunca avisan, no llaman a la puerta, no esperan. 

Se camuflan entre sentimientos, nos traicionan, nos exponen, nos ahogan y asfixian. 

Nos consumen en silencio, nos invaden de a poco. 

Nos confrontan y nos desafían, nos duelen, nos lastiman.

Pero más allá de todo lo efímero, nos llenan de suspiros y sonrisas, nos motivan y enseñan. 

Y aunque no siempre sea así, recordar es vivir.