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La hora señalada. 

Ráfagas incontrolables de lucides, alimentados por efímeros momentos de agónica cordura, tocaban las fibras de la nostalgia. Otra vez llegaban dulces y cálidos recuerdos que fulminan las intensiones, camuflados en matices azules y senderos ausentes. Como un presagio eterno, la hora señalada se hizo real. Un adiós que promulgaba un hasta siempre, y un juramento como sello final, de un amor inconcluso en días de invierno.

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