Muy tarde.  

Pero la ausencia nos superó. Se enfriaron los besos y enmudecieron las ganas. El pálido reflejo se destiñó con los agudos suspiros del recuerdo. 

De a poco, los pétalos marchitos de la flor fueron muriendo y con ellas las ganas. Tarde, muy tarde nos dimos cuenta que el olvido no perdona, y desfallecimos.