Náufrago.

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Y de repente llegó ella, tan frágil,  tan dulce, tan espontánea, tan dócil. Solo podia ver a primera instancia un mar de aguas tranquilas. Pero algo en su mirada me incitaba, me decía que debía atravesar su océano y conocer su tempestad, conocer su tormenta. Me atreví y me propuse llegar hasta su otra orilla.
No me equivoqué, mientras mas me sumergía en sus profundidades menos quería salir. Estaba absorto, en ella estaba la magia,  ella era la esencia de la seducción y el erotismo. No quería irme de aquellas cálidas aguas. Por primera vez había encontrado mi locura y mi cordura en una sola mujer.
Al fin llegué a su otra orilla, y lo único que quería era volver a su centro, a su turbulencia y convertirme en un náufrago perpetuo de su apasionante y ardiente océano,  perderme para siempre en su mar.