Un antídoto.

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Esta sinfonía destructiva que resuena en mi mente desgasta mi resistencia, esclaviza mi voluntad de a poco, y atraviesa mi calma  robando mi paz. Quisiera ser capas de descifrar con certeza el motivo de tal abrumadora sensación, o encontrar el antídoto que mantenga  bajo un control absoluto  la batalla en mi cabeza

En definitiva siempre resulta a mi parecer más placentero hacer lo que quiero, siento y deseo a hacer lo que debo, de ahí esta lucha interior  que me consume.

Un mal presentimiento.

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Nadie sabía lo que le esperaba aquella noche de abril al capitán Aureliano en aquel pequeño pueblo olvidado de algún lugar del mundo. Pero ¿que podía suceder? A fin de cuentas era un viejo lobo de mar acostumbrado a lidiar con las inclemencias del clima y las voraces noches en alta mar. Aquel día como de costumbre él junto con su tripulación de cuatro personas alistaban todo en la embarcación para zarpar. Era una tarea minuciosa pero los veinticinco años en el ejercicio de la pesca hacia que fuera una labor rutinaria.

-Creo que será una noche perfecta, les decía a sus hombres, traeremos tantos peces como nos sea posible, continuó. Pero una llamada irrumpió en ese momento los cánticos de victoria del capitán.

-Tengo un mal presentimiento esta noche, dijo angustiada y con una voz temblorosa Lucía, su esposa. ¿No puedes posponer este viaje?, podrás hacerlo mañana o pasado pero no hoy, le decía con desespero la mujer.

-No te angusties cielo, la noche es perfecta, el clima está de nuestro lado, la de hoy será una gran pesca, haremos mucho dinero y nos tomaremos unas merecidas vacaciones, aseguraba confiadamente Aureliano.

No obstante cada una de esas palabras sin darse cuenta empezaban a hacer eco en la mente de Aureliano quien por un momento se detuvo y pensó en la posibilidad de hacer caso a la corazonada de su esposa, pero a la vez lo seducía la idea de hacer mucho dinero con la pesca de ese día. Y es que, aquel no era un día cualquiera, ya que horas antes se había enterado que una directiva del puerto había concluido dar una jugosa suma de dinero a aquella embarcación que al regresar al punto de partida tuviera la mejor pesca, lo que le daba un valor agregado a la obstinación del capitán Aureliano.

La hora señalada había llegado, la detonación de un revólver indicaba el inicio de la competencia. Eran las seis de la tarde cuando la embarcación de Aureliano junto con otras nueve zarparon del puerto. Pasadas las horas cada nave se dispuso a tomar lo que ellos consideraban puntos estratégicos, buscaban una orientación perfecta que les permitiera obtener cierta ventaja en relación a los demás, y la de Aureliano no era la excepción, su experiencia e instinto lo dirigían en medio de las oscuras y heladas aguas mientras todos guardaban silencio. Sus cuatro tripulantes conocían bien a su capitán y parecía que con una sola de sus miradas entendían lo que trataba de decirles sin musitar una sola palabra.

La de aquella noche fue una pesca frenética, todas las embarcaciones con sus tripulantes se apresuraban por tirar sus atarrayas tantas veces como fuera posible. El millonario botín esperaba por aquella nave que llegara al rayar el alba con la mayor cantidad de peces. Las horas pasaron tan rápido que era el momento de regresar, y no fue sino hasta ese momento cuando súbitamente en la mente de Aureliano volvieron a retumbar las palabras de Lucía la noche anterior, pero esta vez era diferente. Aureliano empezó a desesperarse, la angustia se apoderaba de él, necesitaba llegar a casa y poder decirle a su esposa que lo que ella había intuido era solo un mal presentimiento, que la próxima vez tomaría más en cuenta sus palabras.

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Memorias.

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No se si hoy sea un día normal o no; un centenar de recuerdos me inunda. Aquellos tiempos, aquellos años pasados hoy de nuevo decidieron anidar en mi cabeza y franquear la tranquilidad de mi memoria.
La nostalgia de aquellos instantes sin duda me trasladan 20 años atrás cuando solo era un adolescente lleno de sueños y mucha fuerza. Siempre haciendo planes, jugando fútbol con mis amigos del barrio, haciendo casas en las copas de los árboles, por cierto, nunca nos quedaban bien. Pero ahí estaba, poseedor de un espíritu indomable, nada podía detenerme en mi afán de conquistas y nuevos retos. Sigue leyendo

El Forastero

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-¿Acaso has perdido la razón? alguien le preguntó. 
Hacía mucho que la poca razón que le quedaba a aquel forastero se había esfumado, y con el tiempo, el mínimo de cordura se reducía a inconstantes y efímeros momentos de lucidez.
En lo que parecía ser otro momento de desvarío levantó la cabeza, y con una mirada firme al cielo y una voz que suponía enojo y denotaba amargura, exclamo como si alguien más lo escuchara.
-Estoy claudicando, mi cuerpo envejece y lentamente mis fuerzas están siendo aniquiladas con las horas, mi tiempo se acaba, mi condena será aun mayor al término de este día, después de todo, ganaste.

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